En el marco del pasado 11 de junio, Día del Vidriero, una fecha significativa para Berazategui (conocida como la Capital Nacional del Vidrio), vale destacar el trabajo y la historia de la Cooperativa Obrera del Vidrio Cristalería Fina “El Progreso”, una empresa que desde hace más de siete décadas mantiene vivo un oficio que supo forjar la identidad industrial de toda una región.
Ubicada en Ezpeleta, sobre la calle Comandante Carbonari 995, la cristalería nació en 1947 y ya tiene 78 años de historia, de la mano de más de 140 asociados que, pese a las dificultades económicas, continúan sosteniendo la actividad con esfuerzo y compromiso colectivo.
En diálogo con este medio, Marcelo Ebert, empleado administrativo y jefe de ventas de la cooperativa, compartió su experiencia. Lleva 46 años de servicio en la empresa: “Mis primeros inicios fueron en la planta, durante cuatro o cinco años. Luego pasé a ventas y cobranzas, y por temas de salud volví a lo administrativo. Hoy estoy nuevamente en ventas”.
El recorrido de la cooperativa tiene sus raíces en Berazategui, donde un grupo de obreros vidrieros de la fábrica Rigolleau decidió iniciar su propio camino. “Comenzamos en Berazategui, con unos 17 trabajadores. Todo era manual. En 1955, gracias a un préstamo otorgado por el gobernador Mercante, pudimos trasladarnos a Ezpeleta y ampliar la planta”, explicó Marcelo.
Desde entonces, la cooperativa atravesó distintas etapas, buenas y malas: “En 2001, por ejemplo, estuvimos a punto de cerrar por falta de ventas y por el valor dolarizado que teníamos del gas. Pero pudimos sobrellevar esa situación, con algunas deudas”. “Hoy, nuevamente, nos toca retroceder, ya que la situación es muy difícil: no hay consumo y hay una hondonada de productos importados. Estamos resistiendo como podemos, pagando los gastos y con los asociados cobrando a cuenta de excedentes”, detalló.
Respecto a cuántos son los asociados que trabajan en la Cooperativa señaló: “Actualmente somos más de 140. Hubo años muy buenos donde llegábamos a unos 250 asociados, pero después la situación se fue complicando al no poder tener mejoras. Por ello hubo asociados que se retiraron. Los que quedamos, hoy ponemos mucho esfuerzo para que esta entidad continúe abierta”.
Trabajo artesanal en tiempos automáticos
La producción de El Progreso es artesanal y especializada: fabrican principalmente copas y vasos. A diferencia de las grandes máquinas que fabrican cientos de artículos por minuto, en la cooperativa el trabajo se hace pieza por pieza. “En seis horas, producimos entre 400 y 500 copas. En vasos, entre 600 y 800 por turno. Todo con intervención directa de entre 6 y 8 asociados por pieza. Y eso, hoy, compite contra un mercado lleno de productos importados y más baratos”, lamentó Erbert.
La fabricación incluye seis etapas: la mezcla de componentes químicos, el horno de fundición a 1430°, el soplado manual, el horno de temple, la revisión y, por último, la terminación del borde.
“Hoy sentimos orgullo porque nuestros productos están presentes en hoteles, casas de regalos y locales gastronómicos. Pero también sentimos preocupación, porque creíamos haber superado las épocas difíciles, y sin embargo hoy estamos nuevamente remando”. Lo cierto también, es que el alto consumo de gas que conlleva esa profesión, atrae facturas de gas y servicios que oscilan los 50 millones de pesos, a eso se le suma la caída de las ventas lo cual los afecta en gran magnitud.
Pese a todo, el espíritu cooperativo se mantiene vivo: “Esto es una gran familia, y eso nos beneficia y permite amortiguar muchas cosas que en una empresa privada no se pueden evitar o lograr. Nos adecuamos a la situación, cuidamos las instalaciones, hacemos ahorros y tratamos de seguir adelante. Llegar a 78 años es un logro enorme en estos tiempos”, sostuvo Marcelo.
La Cooperativa El Progreso resiste, como tantas otras empresas recuperadas, a fuerza de vocación y compañerismo. En un país donde lo artesanal y lo cooperativo enfrenta día a día las exigencias del mercado, su historia es un ejemplo de persistencia y defensa del trabajo.


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