La histórica cristalería atraviesa una de las peores crisis de su historia. Caída del consumo, apertura de importaciones y números en rojo derivaron en despidos masivos, paralización de hornos y un cambio estructural que pone en riesgo a la industria local.

La postal que hoy ofrece la tradicional fábrica Rigolleau en Berazategui dista mucho de aquella imagen que durante más de un siglo la posicionó como símbolo de la producción nacional. Lo que supo ser el corazón de la “Capital Nacional del Vidrio” hoy funciona a media máquina, con hornos apagados, sectores paralizados y un clima de incertidumbre creciente entre los trabajadores.

El deterioro no es reciente, pero en los últimos meses se aceleró con fuerza. La empresa acumula pérdidas millonarias que superan los 7.000 millones de pesos en apenas dos años, tras haber pasado de ganancias a un rojo profundo en sus balances. A esto se suma una caída del consumo interno que impactó de lleno en su producción, con ventas que se desplomaron hasta un 33% interanual y una fuerte retracción en el volumen fabricado.

El ajuste ya tiene rostro concreto: el empleo. Entre 2023 y 2024 la planta redujo su personal en más de un centenar de trabajadores, mientras que versiones recientes elevan la cifra de cesantías a cerca de 250 en distintos sectores. La consecuencia directa es una fábrica sobredimensionada para una demanda que no aparece, con líneas de producción frenadas y operarios que quedaron fuera del sistema.

Pero el dato más alarmante es el freno en el corazón productivo: los hornos. En la industria del vidrio, su funcionamiento continuo es clave, y su apagado no solo refleja caída de actividad sino también un proceso de retracción estructural. Hoy, parte de esas instalaciones permanecen detenidas y otras operan con fuerte capacidad ociosa: una señal inequívoca de crisis profunda.

En paralelo, se consolida un cambio que golpea no solo en lo económico, sino también en lo simbólico. Los productos que históricamente se fabricaban en Berazategui ahora llegan importados, principalmente desde China. La etiqueta “Hecho en China” reemplaza al sello local en artículos de uso cotidiano, marcando un giro en el modelo de negocio de la empresa, que empieza a priorizar la importación por sobre la producción.

Este fenómeno se da en el marco de una mayor apertura de importaciones y pérdida de competitividad industrial, donde los costos locales y la caída del consumo interno dejan a la producción nacional en desventaja. La propia empresa reconoce un contexto macroeconómico adverso, con indicadores de consumo que no logran recuperarse y exportaciones en retroceso.

Lo que ocurre en Rigolleau no es solo la crisis de una fábrica: es el síntoma de un modelo en tensión. En una ciudad construida alrededor del vidrio, cada horno que se apaga no solo enfría la producción, sino también una parte de su identidad.

Mientras avanzan las importaciones y retrocede la industria, la pregunta que queda flotando en Berazategui es tan simple como inquietante: ¿cuánto más puede resistir el corazón productivo antes de apagarse definitivamente?

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