Un jurado de Los Ángeles emitió un fallo histórico contra Meta y Google al declararlas responsables por haber diseñado plataformas adictivas que afectaron la salud mental de una menor. La decisión fijó una indemnización total de 6 millones de dólares (3 millones en concepto compensatorio y 3 millones punitivos), distribuidos en un 70% para Meta y un 30% para Google.
Más allá del monto, que resulta menor frente a los ingresos anuales de ambas compañías, el punto central es el precedente que abre: por primera vez, la lógica de diseño orientada a generar adicción ingresa completamente en el terreno de la responsabilidad legal.
Durante años, la idea de que las redes sociales están pensadas para generar dependencia fue motivo de debate. Sin embargo, este fallo empieza a consolidar esa sospecha como evidencia judicial. En ese sentido, especialistas advierten que el modelo de negocio de estas plataformas se basa en captar y retener la atención del usuario: desde los “me gusta” hasta el scroll constante, cada función está diseñada para prolongar el tiempo de uso.
El caso analizado sostiene que la menor (identificada como K.G.M.) comenzó a utilizar redes sociales a los 10 años y desarrolló una “dependencia peligrosa”, con consecuencias como ansiedad, depresión, autolesiones y dismorfia corporal.
En paralelo, distintos estudios refuerzan la preocupación. Una investigación realizada sobre 838 adolescentes del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), difundida por el investigador Fabricio Ballarini, reveló que los jóvenes pasan en promedio 5 horas y media por día en el celular, lo que equivale a unos 77 días al año. El uso aumenta con la edad y se concentra principalmente en redes sociales, con plataformas como TikTok ocupando cerca del 50% del tiempo total.
Los datos también muestran situaciones extremas: adolescentes de entre 13 y 14 años que llegan a usar el celular entre 12 y 14 horas diarias, e incluso niños de 8 o 9 años con hasta 9 horas de conexión, desatando así, en algunos casos, consecuencias como síntomas de ansiedad, cambios de humor y hasta comportamientos adictivos o agresivos.
El fallo se da en un contexto donde distintos países comienzan a tomar medidas. Australia, por ejemplo, avanzó con una ley que prohíbe el uso de redes sociales a menores de 16 años. Al mismo tiempo, crece la presión judicial: padres, distritos escolares y gobiernos estatales preparan miles de demandas similares contra estas empresas, lo que podría multiplicar los casos en los próximos años.
Sin embargo, el escenario está lejos de ser definitivo. Las compañias apelarán y se espera que el proceso se extienda durante meses, mientras continúan las discusiones sobre los límites de la regulación.
Quienes se oponen a este tipo de restricciones advierten que esto podría limitar, por ejemplo, el acceso de los adolescentes a la información y a espacios de contención online.
En este contexto, el fallo no solo impacta sobre dos gigantes en el mundo tecnológico, sino que abre un debate más amplio sobre el funcionamiento del ecosistema digital. Las decisiones que se tomen serán clave para definir cómo se regulan las plataformas y qué nivel de responsabilidad tienen sobre el bienestar de sus usuarios más jóvenes.
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