Cada 21 de noviembre se celebra en Argentina el Día Nacional de la Enfermería, una fecha que reconoce la labor de quienes trabajan día a día por la salud y el bienestar de las personas. Esta conmemoración se remonta a 1935, cuando se fundó la Federación de Asociaciones de Profesionales Católicos de Enfermería, primer organismo creado en el país para agrupar a los profesionales del área. Años más tarde, el Ministerio de Salud de la Nación instituyó oficialmente esta fecha por decreto, en coincidencia con la festividad de Nuestra Señora de los Remedios, patrona de la enfermería.

Aunque a nivel mundial el 12 de mayo recuerda el natalicio de Florence Nightingale (considerada pionera de la enfermería moderna), en Argentina el 21 de noviembre tiene un valor especial ya que forma parte de la historia local de la profesión.

La enfermería es una disciplina clave para el cuidado integral de las personas en todas las etapas de la vida. Abarca los cuidados de la salud, la prevención de enfermedades, la atención directa, el acompañamiento y muchas veces también, la contención emocional. Implica conocimientos técnicos, preparación constante y, sobre todo, vocación.

En ese marco, La Palabra dialogó con Claudia Molina, enfermera que lleva más de 15 años de trayectoria y que volvió a ejercer su profesión después de atravesar una etapa personal. Su vínculo con la enfermería comenzó desde muy chica, acompañando a su mamá en un Hospital de Sumampa, en Santiago del Estero.

“Mi mamá era enfermera, trabajaba en el Hospital de Sumampa y antes no había impedimentos para llevar a los hijos al trabajo. Yo iba con ella y siempre me escapaba a las salas, sobre todo donde estaban los abuelos. Me gustaba ayudarlos, alcanzarles cosas, ayudarlos a comer. Por eso merodeaba ahí. Siempre decía que quería ser enfermera”, recordó.

Con esa certeza, estudió y se recibió. Luego inició su camino profesional, con el deseo de acompañar y ayudar a sanar a quienes lo necesitan. “Lo que más me gusta de esta profesión es cuando ves que todo marcha bien, cuando el paciente evoluciona. Eso da satisfacción”, expresó.

Pero la labor también tiene momentos difíciles. “Uno se encariña siempre con los pacientes, y cuando ves que no avanzan o empeoran, te sentís mal, muy frustrada. Cuando no puedo aliviar el malestar o dolor de una persona, sigo pensando en ello todo el día. Leo o investigo qué puedo hacer para intentar ayudar la próxima vez que lo vea”, contó.

Durante un tiempo debió alejarse del trabajo a pedido de su esposo. Tras su fallecimiento, decidió volver a ejercer, impulsada por su vocación. “Tuve que dejar de trabajar por mi marido, luego de unos 15 años de profesión, y cuando él falleció volví. Hace 4 años regresé a mi profesión y amo hacer esto”, afirmó.

“Esta profesión tiene que nacer del alma, de la vocación. Por ejemplo, si voy por la calle y hay un accidente, paro sin importar el apuro que lleve y auxilio a la persona. Me pasó muchas veces”, cerró.

Historias como la de Claudia recuerdan que la enfermería no es solo un empleo, sino que es un acto profundo de humanidad.

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