Ubicada frente al parque de la estación de Ranelagh, la Casa Maestro De Vicenzo no pasa desapercibida. No solo por su diseño o su historia, sino por la sensación que genera apenas se cruza la puerta: memoria viva y calidez. Cada habitación y pasillo guarda recuerdos, objetos, fotografías y escenas de una vida familiar profundamente ligada al golf.
La Palabra visitó sus espacios y mantuvo una entrevista mano a mano con Stella Maris Saiz Castex, sobrina de Roberto y Delia De Vicenzo, quien hoy está a cargo del lugar. La casa, que durante décadas fue hogar de la familia, se transformó en un centro cultural donde conviven talleres, espectáculos y encuentros artísticos, sin perder su esencia original.
Las habitaciones conservan muebles, cuadros, fotos familiares, colecciones de zapatos de Roberto, discos, premios deportivos y rincones emblemáticos como la cocina, el jardín y el histórico molino, que aún se mantiene en pie sin sus aspas. Algunos de esos espacios hoy son utilizados para los mencionados talleres culturales, pero sin alterar el espíritu del lugar. La memoria, sin dudas, se siente al recorrer los pasillos.
Su madre y Delia eran hermanas y mantenían un vínculo muy cercano. Tras el fallecimiento de Delia, la casa quedó deshabitada y surgió la posibilidad de darle un nuevo destino. “Mis primos Roberto y Eduardo nos ofrecieron la posibilidad de hacer algo con la casa. Mi marido (César) empezó a reconstruirla en cierta medida porque estaba bastante deteriorada. La idea siempre fue hacer algo para la comunidad y que el nombre de Roberto no quede en el olvido, porque él tuvo un sentido para el pueblo y estuvo para él”, contó.
“Hacer un centro cultural nos pareció la mejor manera de honrar su historia y la de la casa donde vivieron más de 50 años y donde criaron a mis primos, hasta que fallecieron los dos”, agregó.
“Fue una idea un poco utópica porque hoy hacer cultura no es fácil. Esto se sostiene con mucho esfuerzo, de esto no vivimos, no nos deja nada”, explicó. En ese camino, destacó el acompañamiento de colaboradores importantes como Guillermo Huergo, productor musical que acerca espectáculos al espacio, y Mercedes Ripa Alsina, quien colabora en la gestión de los talleres. “No hay solo eventos de música y baile, también hay talleres de arte y diversas disciplinas artísticas”, detalló.
La historia de la casa se remonta a 1950. Antes de que la familia De Vicenzo se instalara allí, pertenecía a un hombre de apellido Longui, quien la utilizaba como casa de fin de semana y se la ofreció a Roberto en 1963. “Era una propiedad enorme, más de media manzana. Hoy el terreno está mucho más reducido, pero acá Roberto vivía con Delia y sus hijos”, recordó Stella Maris.
Más allá de los logros deportivos, la casa busca transmitir quién fue Roberto De Vicenzo como persona. “Lo primero que uno quiere contar es su honestidad. Perdió hasta un torneo de golf muy importante por ser honesto. También los valores familiares, el compartir con la comunidad. Era un tipo muy querido, sencillo y familiero. Casi no salían de vacaciones porque le gustaba estar acá. Queremos que la casa transmita eso: calidez, amor, familiaridad”, relató.
En lo personal, el vínculo con su tío fue profundamente afectivo, más allá de lo que su persona aportaba a nivel deportivo. “Esa faceta deportiva era conocida en todo el mundo, pero para mí fue muy importante a nivel familiar. Como era hija única, fueron muy acogedores conmigo, muy cariñosos tanto él como mi tía Delia”, recordó. También compartió anécdotas de su infancia: “Cuando mis padres vivían, yo me quedaba a dormir acá. Era como mi casa. Ponía los discos que tenían mis primos… tengo muchísimas anécdotas”.
Si tuviera que definir la casa en una sola palabra, no dudó: “Calidez. Lo dicen todas las personas que vienen. La gente que participa de los talleres o espectáculos se va muy contenta, sienten que es su casa, se sienten bienvenidos. Esa es la idea”.
Uno de los espacios más significativos es “El Jardín de Delia”, hoy reconvertido en un sector gastronómico. “Mi tía era del Club Argentino de Jardinería y una apasionada por las plantas. Esto estaba lleno de verde. Traté de replicar un poco su amor por las plantas; hicimos un jardín nuevo porque cuando se puso viejita no pudo seguir cuidándolo como antes”, contó.
Sobre el icónico molino, explicó que fue retirado hace unos 25 o 30 años por razones de seguridad, aunque la estructura aún se conserva. También remarcó que “el cedro de adelante que tenía unos 80 o 90 años, fue removido”, pero para que no se perdiera, todos los portones nuevos están hechos con su madera “para que siga viviendo en la casa”.
Al recordar a su tío, una vez más, entre lágrimas, lo describió como un hombre profundamente amoroso: “Yo vivía en Sourigues y venía todas las semanas a vernos cuando yo era chica. Me apretujaba los cachetes, era muy cariñoso. En sus últimos años, cuando se enfermó, yo venía mucho, le daba de comer. Con mi tía Delia era igual. Eran los dos un amor”.
Y cerró con una frase que resume el espíritu del lugar y de la historia que busca preservar: “Se conoce mucho la vida pública, pero no la privada. Y más allá de que en la cancha era un señor, en la vida también lo era”.
Actualmente, la Casa Maestro De Vicenzo ofrece talleres para niños, jóvenes y adultos mayores: yoga, bienestar y salud, talleres de la memoria, danzas, canto, cerámica, plástica, música, entre otros. Toda la agenda cultural puede encontrarse en sus redes sociales y en su sitio web oficial: www.casamaestrodevicenzo.com.
















Hacé tu comentario