Ante la llegada de un nuevo Día del Trabajador es válido decir que, luego de largas luchas por lograr mejoras, en nuestro país no estamos donde hubiésemos querido. Es lamentable, pero las políticas públicas encaradas en los últimos 50 años —y nos quedamos cortos— hicieron que la clase trabajadora perdiera el papel preponderante que tenía que tener para una vida más acorde a los tiempos que corren.
Por el contrario, sueldos cada vez más bajos, cercanos a la línea de pobreza, y condiciones extremas hacen que estemos en las antípodas de todo lo que los grandes pensadores hubiesen pretendido para un país que llegó a ser uno de los centros cerealeros más importantes del mundo.
Argentina fue elegida por miles de europeos que buscaban mejores oportunidades de las que podían darles sus países de origen, esto como consecuencia de las guerras. Gente que llegó sin mayores anhelos más que tener un trabajo, una casa, un lugar donde formar familias de bien que pudieran progresar.
Lo mismo en los últimos tiempos, con el arribo de centroamericanos o africanos que buscan un sitio donde estudiar, formarse y vivir alejados de los tormentos que otros países no pueden aislar.
El tema es: qué proyectamos para el futuro, para toda esta masa de gente que habita el suelo patrio, muchas veces con diferentes banderas, pero con el solo entusiasmo de que las cosas marchen mejor cada día.
Y es cada vez más difícil pensar en un futuro próspero cuando cierran empresas, cuando no se logra vencer la corrupción política y cuando, en vez de pensar en el desarrollo e inversión industrial, el foco está puesto en las importaciones, a la inversa de lo que hacen los países que hoy están mejor posicionados en el mundo.
Creemos que tenemos que darle una vuelta de tuerca al destino y comenzar a pensar en cómo mejorar nuestras políticas de fomento industrial. Si durante décadas fuimos pioneros en educación y desarrollo, podemos volver a intentarlo.
Tenemos capacidad y una enorme fuerza de voluntad en muchos sectores que todavía creen que se puede salir de la crisis en la que estamos inmersos. Y hacia ellos debemos virar, como un barco que mueve su timón sin miedo al derrotero.
El campo, las industrias que aún siguen trabajando y las miles de almas que creen que el destino no es Ezeiza, sino que mantienen la esperanza de construir un país en serio.
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