El 18 de julio de 1930 nacía Amalia Gatti, en Hudson. Hace 95 años llegó al mundo a solo 20 cuadras de donde vive hoy. Sus padres, Rosa D’Agostin y Julio Gatti, habían llegado de Italia de solteros; en tanto, la pareja se conoció en Ituzaingó y, ya unidos en matrimonio, se afincaron en la región y se destacaron en la producción de flores.
“Chola”, como la conocen sus más allegados, fue a la Escuela Nº 2 “Juan José Paso”. Eran once hermanos: cinco varones y seis mujeres. Su memoria privilegiada la hace recordar detalles de su niñez y su adolescencia. “Todos trabajábamos en la quinta”, cuenta esta vecina del barrio Las Hormigas, que llegó a la zona cuando aún eran pocos lugareños.
De esos primeros años describe que el paraje —hoy convertido en un barrio privado— estaba cerca de las vías del ferrocarril. “Las mujeres recolectábamos las flores y los hombres las llevaban en tren hasta el mercado en grandes canastos. Todos cosechábamos violetas, copetes, etc. Eran las que se decían flores de cementerio. Todo a contraturno del colegio y venían otros jóvenes de la zona a ayudar. Se ganaban la chinga”.
Ángel Parisi, su esposo desde 1954, trabajó en Maltería Hudson, donde se jubiló. Con él, Chola tuvo dos hijos: Alicia y Horacio, hasta que falleció en el año 2000.
“En aquella época no era usual que las mujeres salieran a trabajar”, destacó, por eso crió a sus hijos y se ocupó de su casa.
“Cuando llegué al barrio no había nada. Eran muy pocos vecinos. Me casé en la Iglesia Santa María de Hudson, la única que había. Me acuerdo que era habitual que la gente volviera caminando desde las quintas, La Humanitaria… la mayoría no tenía auto y veníamos caminando a cualquier hora. A diferencia de ahora, que hay tanta inseguridad. A nosotros nunca nos pasó nada. Un sábado por mes había baile en La Humanitaria y en el Club Maltería, y venían artistas de renombre. Todos éramos socios”, relató. Y agregó: “Mi marido siempre estuvo predispuesto a ayudar en la escuela, la sociedad de fomento. Eran todas calles de tierra y, en los tiempos libres, todos dábamos una mano”.
Amalia hace setenta años que lee La Palabra y se entera de todo lo que pasa en el distrito. “Me ponen una luz grande y leo todo el periódico”. Hasta la pandemia —cuando estaba cerca de los 90 años— viajaba en colectivo y recogía ella misma el periódico.
Vive sola y, a su edad, se acuerda de todo. Tiene cuatro nietos y varios bisnietos.
Recordó a Avelino Rivero, vecino de Hudson, que incentivó a los vecinos a hacer las veredas, a organizarse en la sociedad de fomento y luego en el centro de jubilados, entidad que hoy lleva su nombre. Este hombre trabajó en Maltería junto al esposo de Amalia.
“Yo leo todo. Y cuando me preguntan de algo… digo… lo sé por La Palabra”, comentó orgullosa.
Cuando tenía 17 años, un periodista de Clarín hizo una nota sobre la cosecha de flores. “El periodista de Quilmes pasaba todos los días en tren y le llamaba la atención ver a tantas mujeres trabajando. Entonces un día bajó y nos hizo una nota”.
La foto de Amalia ocupa el centro del artículo, con una juventud que se siente a flor de piel; su carisma y fluidez al hablar ya eran su sello personal. Vestida con un jardinero simple, se llevó la mayor parte del reporte. El reportero era Tomás Aguilar y, a diario, apreciaba entre las flores a ese grupo de mujeres que, desde el amanecer, recogía las violetas. El artículo forma parte del acervo que Amalia guarda con mucho cariño.


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