A sus 82 años, Gloria Nicora habló con La Palabra y repasó gran parte de su historia. Su testimonio no sólo reconstruye una vida personal y familiar, sino también parte de la identidad de Berazategui, atravesada por figuras que dejaron su huella en la educación, el deporte y los vínculos cotidianos.

Hija de Hugo Aníbal Nicora y Blanca Álvarez, y una de cuatro hermanos, Gloria creció en un hogar donde el esfuerzo y la solidaridad eran parte de sus principios. Su padre, nacido en 1916, fue un destacado golfista: campeón argentino en varias oportunidades, representante del país en el exterior y ganador de torneos en lugares como Uruguay, Colombia, Japón y Escocia. Pero más allá de los logros, ella lo recuerda por otra cosa: “Era una persona muy solidaria, ayudaba a todos los que él podía”.

A su vez, contó que su carrera deportiva tuvo un final abrupto: “A los 50 años se enfermó del corazón y le prohibieron competir. Jugar sí, pero no competir. Entonces decidió no jugar más”. A partir de allí, continuó ligado al trabajo y al golf desde otro lugar. Junto a otros socios tuvo una fábrica de vidrio llamada Ranber y también su taller de tornería en la calle 14 y 151. En sus últimos años, junto a su hijo Óscar, fabricaron máquinas para campos de golf e incluso diseñaron la cancha de golf de Berazategui. “Trabajó tanto en esa cancha hasta dejar su vida”, recordó Gloria.

Aunque el golf marcó fuerte a su familia, aseguró que nunca lo vio competir. “Tanto mi papá como mi hijo, que fue profesional, ninguno quiso que yo vaya a verlos. Quizás en el tiempo de mi papá no se estilaba mucho, pero yo estaba en el club, jugaba incluso, aunque seguirlo en un partido no. Por ahí lo esperaba en el hoyo 18, cuando llegaba a la final”, relató. Y agregó que con su hijo ocurrió algo similar: “Nunca lo vi jugar, aunque todos me dicen que lo hace una maravilla. Se ponía muy nervioso, como con una especie de ataque de pánico o ansiedad”.

Por otro lado, su mamá, Blanca Álvarez, trabajó en Rigolleau, pero luego se dedicó a su casa y a la familia. “Era una mujer excepcional”, señaló sin dudar y agregó: “Recuerdo muchísimo sus lasañas rellenas. Tejía muchísimo, algo que hoy yo también hago. Ella me hacía toda la ropa”.

Pero si hay una figura que aparece con fuerza en su historia es la de su abuela paterna, Gabina Anastasia Tirao. Fue la primera maestra nacida en Berazategui y también la primera adolescente en recibirse como tal en la ciudad. Según relató, se formó con el maestro Atanasio Lanz, quien la preparaba y la llevaba a rendir a La Plata. “Cuando ella se iba a recibir, fue con mi papá siendo bebé a dar exámenes”, mencionó.

Gabina no solo se destacó por su vocación docente, sino también por su forma de ser. “Era la lady de la casa”, recuerda Gloria. “Se levantaba, se arreglaba, desayunaba y después salía a visitar a sus hermanas. Siempre volvía al mediodía, cuando mi abuelo ya había hecho la comida”, siguió.

En relación a su vínculo personal con ella, aunque su abuela insistía con sus faltas de ortografía (al punto de pagarle un curso para que aprendiera), Gloria admitió entre risas: “No aprendí”.

Una de las historias que contó tiene que ver con la casa que tenía en Mar del Plata. Allí, su abuela recibía a vecinos de Berazategui que no podían vacacionar o no les alcanzaba del todo económicamente. “Fue medio Berazategui a esa casa”, expresó. Las habitaciones tenían nombres: “La pieza de los novios” para los recién casados o “La flauta”, una habitación larga con camas en hilera. Por las noches, el encuentro era en el garage, con guitarra y charlas. “Iba mucho Cacho Tirao (guitarrista y compositor argentino), que era primo de mi papá. Cuando tocaba en Mar del Plata, se quedaba ahí y a la noche tocaba en casa”.

Volviendo a mencionar a su padre y la huella que este dejó en el barrio, lo resumió de forma simple: “Por buen vecino, solidario y por estar siempre en el club de golf”. También recordó que tenía un taller mecánico donde hoy funciona una reconocida pizzería, y que con el tiempo su nombre se fue haciendo cada vez más conocido.

Cuando habla de Ranelagh, su memoria deja ver la claridad y el detalle con el que recuerda esa etapa de su vida. Enumeró familias, oficios y caras conocidas que marcaron una época: los Bragoni, donde la señora daba clases de piano y se juntaban las chicas a estudiar; los Pérez, con la carnicería frente a la estación; los Borona, dueños de la ferretería; los Álvarez, con heladería y panadería; los Gómez, también carniceros; los Marsh, de la farmacia; los Gercinich, con el corralón y el surtidor de nafta frente a la estación; los Macías, verduleros; los Abrami, peluqueros; Chiriguimi, con almacén y bar; Juan Bach; los Moser, de origen alemán; Gardiol, plomero y gasista del barrio; Castañares; Finino; Rosello; Longui, donde vivían los De Vicenzo; Maler; Ayerza y los Pereyra Iraola, que frecuentaban el club de golf y a quienes describió como gente muy sencilla, entre otros.

En su vida cotidiana, mantiene vínculos que siguen siendo importantes. Uno de esos es el que sostiene con Delia Leanza: “Con Delia nos hablamos a cada rato”. Leanza fue esposa del fallecido jurista e historiador Martín Nolfi, con quien se conocieron en el Club Social; se casaron el 16 de junio de 1962 y tuvieron cinco hijos: Bernardo Agustín (1964), Martín Miguel (1966), Luis María (1968), Ignacio Juan Domingo (1975) y Pablo Francisco (1979).

Además, Gloria conserva una rutina que consiste en reunirse una vez al mes a tomar el té con un grupo de ocho vecinas. “Charlamos y pasamos un momento lindo”, remarcó.

Sobre los valores que heredó, no dejó dudas: “Ser una buena persona y solidaria. Trato de ayudar todo lo que puedo”.

Una historia personal que, al mismo tiempo, es parte de la historia de Berazategui.

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