El Parque Pereyra Iraola, una de las reservas naturales más importantes de la provincia de Buenos Aires, atraviesa una crisis profunda marcada por la desidia estatal, el avance de prácticas ilegales y un deterioro ambiental cada vez más visible.
Basurales a cielo abierto, incendios recurrentes, rituales clandestinos y hechos de inseguridad configuran un escenario alarmante en un predio que debería ser protegido como patrimonio ambiental estratégico. La acumulación de residuos se ha convertido en uno de los principales problemas: en distintos sectores del parque —especialmente en zonas periféricas— la basura se acumula sin control, generando focos de contaminación y alimentando incendios que, según fuentes oficiales, en su mayoría se originan en estos desechos.
A esta situación se suma la aparición de prácticas rituales clandestinas que dejan rastros inquietantes: velas, restos de animales y objetos esotéricos. Estas actividades no solo impactan en el paisaje, sino que también han sido señaladas como causa de incendios dentro del predio. La inseguridad es otro de los ejes críticos: robos, vandalismo y la presencia de vehículos abandonados forman parte de la postal cotidiana en sectores donde la falta de iluminación y patrullaje convierte al parque en una zona vulnerable, especialmente durante la noche.
En paralelo, vecinos y organizaciones advierten sobre el avance de ocupaciones ilegales bajo una modalidad silenciosa pero constante, que fragmenta el territorio y pone en riesgo la integridad de la reserva. Detrás de este escenario aparece un problema estructural: la falta de recursos. Guardaparques y trabajadores denuncian que no cuentan con personal ni equipamiento suficiente para controlar un predio de más de 10 mil hectáreas, lo que deja amplias zonas libradas a su suerte.
El parque Pereyra Iraola es un símbolo ambiental del conurbano sur transformado en un territorio atravesado por la contradicción: un espacio clave para la biodiversidad, pero cada vez más degradado por la ausencia de políticas sostenidas. Lo que está en juego ya no es solo su conservación, sino su propia supervivencia como reserva natural.
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